domingo, 29 de septiembre de 2013

La posesión exclusiva del error

Estaba leyendo a Borges, pensando en él,
y curiosamente llegué a mirarme, cara a cara, frente a la paradoja de que, pese a ser capaz de leer análisis económicos tan diferentes y encontrados, o no, cómo saberlo, como los de Katz, o de Gambina, o de Zaiat, o Zlotogwiazda, o los de Tigani, e incluso los de algunos de ideología marcadamente liberal tales como JJ Llach,
y desde ahí concluyo en un punto de vista, quizá por mi incapacidad para comprender sus análisis, pero sin duda desde el intento de análisis y la experiencia personal, entonces me sorprendo de que si desde ese lugar puedo definir una personal mirada sobre la realidad,
aún así siempre aparece algún insensato que desde su incomprendido y ampuloso fanatismo pretende negarme el derecho a concluir, a ser,
dándose la risible situación de erguirse en censores virulentos de una parte de la biblioteca, sólo una parte, a tal punto que no puedo evitar imaginarlos quemando en una pira dichos textos herejes junto a quienes los escribieron.


Como si le negáramos a Bill Evans su identidad cuando juega con la magia de otro.
Como si la magia resultante no tuviera la impronta de Bill.


Es gracioso encontrarse con gente que se pretende en la posesión exclusiva del error.





Si el sueño fuera ( como dicen ) una tregua, un puro reposo de la mente, ¿por qué si te despiertan bruscamente, sientes que te han robado una fortuna? ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora nos despoja de un don inconcebible, tan íntimo que sólo es traducible en un sopor que la vigilia dora de sueños, que bien pueden ser reflejos truncos de los tesoros de la sombra, de un orbe intemporal que no se nombra y que el día deforma en sus espejos. ¿Quién serás esta noche en el oscuro sueño, del otro lado de su muro?

sábado, 21 de septiembre de 2013

Somos voces de una misma penuria

Una reflexión sobre la cuestión de la inseguridad: escucho/leo comentarios acerca de esto, comprobando que algunos banalizan y otros exageran la cuestión, pero que en general todos se pierden en la selva mediática. Digamos que hay alrededor de unas 2.000 muertes violentas al año, muchas de las cuales son productos de delitos. Números que, como todo el mundo sabe, son similares a los de EEUU, bajos para la región, aunque altísimos comparados con los países europeos.

Sin embargo el problema real de inseguridad en nuestro país, por el que podemos decir que nos están matando, por el que sí estoy angustiado, es el de la inseguridad vial. Los argentinos cuando toman un volante en sus manos se transforman, y se convierten en energúmenos prepotentes, en asesinos despiadados, en depredadores insaciables, toda vez que los cálculos más optimistas dicen que hay cerca de 10.000 muertes al año motivadas en la inseguridad vial, número que muchos sospechan, podría ser aún mayor. Y esto es lo suficientemente grave como para que nos lo tomemos en serio.
En lo personal, salgo a la calle, y no voy agobiado por el acecho de algún ladrón armado, en cambio sí siento en cada esquina la amenaza de los conductores que ponen en riesgo mi integridad física.

Salgamos del túnel mediático, y comencemos a hablar de algo con lo que no es posible que nos hayamos acostumbrado a convivir con naturalidad. No es natural que en un país mueran 40 personas cada 100.000 habitantes por la estupidez, y un número enorme e indeterminado de personas queden rotos para el resto de sus vidas.

Francamente, el dato es contundente: por cada persona que muere a manos de un delincuente otras 10 mueren a mano de un energúmeno al volante.
Y entiendo que debería ser más sencillo que los conductores dejen de asesinar personas a que los delincuentes dejen de hacerlo.




"Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos. Su día es ávido como el lazo en el aire. Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer. Hablan de humanidad. Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria."
JLB

lunes, 19 de agosto de 2013

Palabras generadas por el mejor silencio

Con los resultados en la mano, comprobamos que el FPV hizo la peor elección luego de 2003, equivalente a la de 2009. La dispersión y confusión de la oposición disimula el mal resultado, pero no lo modifica. Podría decir que luego del peor año de gestión eran posibles (sé que muchos me cuestionan esto que afirmo, pero así lo veo), pero francamente no era esperable bajar del 35%. Si bien la verdad se sabrá en Octubre, hay que replantearse algunas cuestiones irritantes, sobre todo las exageraciones innecesarias.
No me inquieta Octubre, con este mapa nada cambiará más allá de las usuales operaciones mediáticas de los medios de comunicación propiedad de esos grandes grupos económicos que entre otras cosas se dedican al negocio de la información, sí el 2015: debe el gobierno aprovechar la situación para fortalecerse. El dato bueno para el gobierno es que muchos en la oposición se pasarán los próximos dos años hablando de fin de ciclo. Pero para que eso le juegue a favor deberá pararse sobre la realidad, y conducirla, no enfrentarse a ella.

Igual no hay que exagerar, si luego de una década de gobierno, si luego de un año complicado, estamos hablando que el FPV mantiene y aumenta su representación parlamentaria, hay que ser prudentes en la crítica y en la preocupación. La oposición está mucho peor electoralmente, y no cargan con la responsabilidad y el desgaste de la gestión.

Francamente me resulta divertido escuchar algunos análisis políticos sobre el resultado electoral de las PASO. Las mismas personas que dicen que el PRO ganó en Capital, habiendo obtenido el 31% de los votos, siendo estos segundos a casi 3 puntos del primero (cierto que frente a un amontonamiento incierto) y con el tercero con casi el 20% de los votos, dicen muy sueltos de cuerpo que el FPV perdió estrepitosamente a nivel nacional, donde obtuvo un ¡31%! de los votos, con el segundo a 14 puntos atrás de él, y luego una enorme dispersión que en la insólita alquimia de sumarse constituirían un tercero en disputa, de momento, para disputar el segundo lugar de las preferencias de los electores argentinos.
Pongámonos de acuerdo, o perdieron todos (todo indica que es el análisis más preciso), o ganaron todos.
Sospecho que de fanáticos y necios está regado el camino al final del ciclo.

La economía siempre pesa en el voto de los argentinos. Aquí hay (Las expectativas económicas volvieron a mejorar en julio) algunos números para analizar, como de quien vienen, pero con sensatez. La economía viene mejorando en los últimos meses, pero la sensación de mejora aún no está instalada. Relato contra relato, nunca se debe perder de vista que la mayoría vota pensando en su propio y personal destino (léase bolsillo).
Tiempo al tiempo, y los objetivos claros.

Leo en "El estadista" que: "...aún cuando el FpV no puede controlar la sucesión digitando al candidato, tiene recursos para controlar la sucesión liquidando candidatos. Los próximos dos años no van a estar caracterizados por negociaciones para imponer candidatos sino por negociaciones para evitar candidatos”.
Lo que comparto porque si el Gobierno valora su tiempo, los próximos dos años empiezan en los próximos dos meses.


Toda mi vida soñé e intenté conseguir el mejor empleo, con el mejor sueldo posible. Pero nunca me quedé sentado en casa esperándolo, nunca me quedé cruzado de brazos no aceptando nada menos que la perfección, viviendo de los demás, sólo quejándome. Siempre salí a enfrentar la realidad, y asumir que había que lograr lo mejor con eso que había; y eso que había, aún imperfecto, debía hacer que sea lo mejor posible.
Así es la vida, y así es todo en la vida, en todos sus niveles. No sólo mi vida, la vida de todos. Así es también la política, naturalmente.
Acepto que te quedes esperando la carroza, es tu decisión no aceptar nada menos que la perfección, aún si ésta no existe, pero no que me cuestiones por intentarlo, y en ese camino hacer que la realidad sea mejor que antes.
En estos días intensos, al que le quepa el sayo que se lo ponga, y si no que siga de largo...




A veces el silencio es la palabra justa, la que enciende las luces, la que mejor se escucha, la que place o se sufre cargada de milenios, la que otorga hermosura, la flor del pensamiento. En ese momento de la clara armonía, de la mejor tristeza, de la entera alegría. Es el gran fundamento que ronda a la grandeza: tu palabra y la mía habitan el silencio. Por eso la palabra debe ser pronunciada como una ceremonia con aire de campanas, una fiesta del alma, farol del pensamiento, porque fue generada por el mejor silencio.
(Hamlet Lima Quintana)

Salir con otros gorriones que ya no te preguntan

¿En qué país no se paga impuesto a las rentas (aquí mal llamado ganancias)?

A menos que seas un ignorante o un mentiroso, sabrás que se paga en todos aquellos en los que desearías vivir, si no vivieras en Argentina.

Entonces la pregunta que deberías responderme es: ¿En cuál de los países en los que no se paga ese impuesto desearías vivir?
¿O fabulás que se vive mejor que en Argentina?

O quizá: en cuál de los países en los que se paga menos que aquí, desearías vivir.

Espero ansioso un sustantivo, es decir, el nombre de ese país.
Si imaginas como respuesta, en cambio, chicanas de bajo costo, mejor anotalas y llevalas a la cancha...





No es fácil cambiar de casa, de costumbres, de amigos, de lunes, de balcón. Pequeños ritos que nos fueron haciendo como somos, nuestra vieja taberna, cerveza para dos. Hay cosas que no arrastra el equipaje: el cielo que levanta una persiana, el olor a tabaco de un deseo, los caminos trillados de nuestro corazón. No es fácil deshacer las maletas un día en otra lluvia, cambiar sin más de luna, de niebla, de periódico, de voces, de ascensor.
Y salir a una calle que nunca has presentido, con otros gorriones que ya no te preguntan, otros gatos que no saben tu nombre, otros besos que no te ven venir. No, no es fácil cambiar ahora de llaves.

Y mucho menos fácil, ya sabes, cambiar de amor.

"Elegía y postal", de Ángeles Mora, de "Elegía y postales" (1994).

Cuando abrir la boca llega hasta todos los límites del alma

Sostengo que este gobierno llevó a la práctica mucho de lo que intentó sin éxito Don Raúl Alfonsín. Mucho de mi apoyo a este gobierno parte de ese intento de coherencia, dado que, pese a que yo no era radical (nunca lo fui), durante el período que quiso ser Raúl Alfonsín defendí su gobierno (aún no votándolo), lo que intentaba construir y cómo.
Hasta que un día se asustó, empezó a ser radical, y me alejé como tantos.

Recuerdo que Don Raúl en aquellos años decía que su libro de cabecera en economía era "Vivir con lo nuestro" de don Aldo Ferrer (algo que yo ciertamente revindicaba), entonces no es casual que yo opine tan parecido a lo que, desde su implacable coherencia y sabiduría, opina Don Aldo.


“Es necesario consolidar un modelo que tiene que resolver problemas estructurales”, entrevista a Don Aldo Ferrer, economista, fundador del Plan Fénix, publicada en Página/12, el 19 de agosto de 2013.

El economista Aldo Ferrer rechaza que el resultado de las elecciones primarias condicione la política económica del Gobierno, pero advierte que hay desafíos estructurales y desequilibrios macroeconómicos a los que hacer frente. “El proceso de reindustrialización basado en la recuperación de la soberanía requiere más inversión privada y cambio tecnológico, la inversión pública y de las pymes son fundamentales pero no alcanzan. Para eso es fundamental el debate al que está convocando el Gobierno a los actores económicos”, afirma el ex embajador argentino en Francia y uno de los principales referentes del pensamiento económico nacional. La inflación, la competitividad, la puja distributiva, la producción de hidrocarburos y la política industrial son algunas de las tensiones que el fundador del Plan Fénix considera que deben ser abordadas para garantizar la “sustentabilidad del modelo”.

–¿El resultado de las elecciones primarias está vinculado a la coyuntura económica y el malestar de algunos sectores con medidas como las restricciones a la compra de divisas?

–Todos los aspectos de la realidad influyen en las opciones del electorado. Siempre hay algunas insuficiencias para resolver. Las PASO son una elección previa a la que le seguirá una renovación legislativa en octubre, y luego otra presidencial. Forma parte del proceso democrático. No hay que exagerar la influencia. Lo que sí está claro es que los modelos económicos se defienden en función de la consistencia de sus principios y de sus resultados, y estamos viendo que hay muchos logros relevantes que le otorgan al Gobierno un apoyo significativo sobre el electorado. El resultado de las elecciones no va a definir el rumbo financiero y económico de Argentina.

–¿Cuáles son los principales desafíos que enfrenta la economía argentina en la actualidad?

–Los riesgos que se plantean ahora están asociados a la sustentabilidad del modelo. Es necesario consolidar un modelo nacional que tiene que resolver problemas estructurales fundamentales como el energético o el déficit en el comercio exterior de manufacturas a pesar del fuerte aumento de la producción industrial de la última década. El déficit en el balance comercial de manufacturas industriales revela el insuficiente desarrollo del aparato industrial argentino. Subsisten problemas estructurales y también hay desequilibrios macroeconómicos que hay que atender.

–¿A qué se refiere con desequilibrios macroeconómicos?

–Hay una situación muy tensa en las finanzas públicas por la política de subsidios destinados a contener la inflación. También existen tensiones con los precios internos y con el tipo de cambio. Hay que tratar de evitar que los costos suban más que la paridad nominal del tipo de cambio y sostener espacios de rentabilidad a largo plazo que contribuyan a frenar la fuga de capitales. Hay un problema de sustentabilidad del modelo que permitió una muy importante recuperación de soberanía, pero esto sólo se puede consolidar sobre bases muy firmes de equilibrios fiscales y pagos internacionales. La reacción a los problemas se dio cuando éstos eran muy agudos. Hay tensiones que se pretende corregir con controles legítimos pero es necesario recuperar solvencia fiscal y competitividad. Hay situaciones tensas que no generan un clima propicio para el ahorro y la inversión.

–Ese análisis se asemeja mucho a los planteos ortodoxos.

–Hay una ortodoxia irresponsable y neoliberal que plantea la necesidad de un ajuste del gasto y bajar los salarios. Y hay otra ortodoxia que dice que hay que vivir con lo nuestro y mantener la casa en orden. La sustentabilidad radica en esos dos principios: no hay que depender de crédito externo y se deben mantener equilibrios responsables para evitar los desvíos que abren el espacio para el retorno a las recetas de la ortodoxia. Hay que buscar el pleno empleo, inducir la inversión y apuntar todos los instrumentos al crecimiento. Pero no se construye nada en el desorden ni en un escenario de tensiones.

–¿Sostiene que hay que bajar el gasto público?

–No es un problema de nivel del gasto, no hay que bajar el gasto. El nivel de gasto público es razonable dado el nivel de desarrollo. Pero es necesario ocuparse de la calidad del gasto público y mantener una situación de superávit primario que transmita señales contundentes de que las finanzas públicas están sólidas. Naturalmente hay una demanda de gasto muy grande pero los desequilibrios generan climas poco propicios para la sustentabilidad del modelo. Los subsidios tienen que estar bien focalizados y analizar si se justifican como instrumentos para contener el alza de precios. También queda mucho por hacer en materia tributaria. Es necesaria una reforma integral y una iniciativa como la de gravar la renta financiara es buena.

–¿Cómo se logra impulsar la exportación de bienes industriales en un escenario internacional de crisis donde cayó sensiblemente la demanda para esos productos?

–El problema de Argentina no apareció ahora, es una vieja limitación. Incluso en condiciones de tensión como las que hay ahora existen muchas cosas que se pueden hacer en materia microeconómica y en las economías regionales para promover la transformación productiva. Así como no es todo por viento de cola no todo es por el viento de frente.

–El BCRA reconoce que se perdió parte del colchón cambiario extraordinario que generó la devaluación de 2002. ¿La pérdida de competitividad se debe resolver con un nuevo salto cambiario?

–No. El tipo de cambio se tiene que discutir en conjunto con toda la política económica que define la competitividad. Está claro que hay un desfasaje entre los costos internos y la paridad nominal y esto achicó la rentabilidad. El BCRA ajusta continuamente la paridad nominal. Un tipo de cambio competitivo, administrado, para atender la realidad en un país en desarrollo es fundamental. Pero el tema de la competitividad no incluye sólo el tipo de cambio. Hay que apelar a todos los instrumentos necesarios para fortalecerla.

–¿Se requieren mayores niveles de inversión para lograr una transformación de la estructura productiva?

–Es necesaria una política explícita de incentivos a la inversión privada en sectores estratégicos. Lo que hace al éxito de la política industrialista en Asia es que los beneficios para las empresas están condicionados a metas de exportación, inversión y cambio tecnológico. Si no lo cumplen, pierden los beneficios. Hoy no está la contrapartida de la sanción al no cumplimiento de objetivos compartidos. La política de transformación implica alianza con sectores privados y públicos que requiere incentivos y sanciones. En los últimos años existió un énfasis público en materia de ciencia y tecnología. En Argentina continúa aumentando el déficit comercial en materia de bienes industriales de alto contenido tecnológico. El desarrollo en esos sectores dinámicos continúa rezagado. Para eso hacen falta compromisos recíprocos entre las políticas públicas y el sector privado.

–Sin embargo, los avances en materia de regulación formal e informal desde el Estado son duramente resistidos desde los grupos económicos más poderosos, que son beneficiarios de las políticas de impulso a la demanda y las herramientas de protección comercial.

–Cuando hay incentivos debe haber compromisos. Si el atractivo del régimen para la inversión y las ganancias es suficiente vas a tener una respuesta positiva. El economista polaco Michal Kalecki planteó hace mucho tiempo que los grupos económicos dominantes privilegian la posición dominante por sobre sus ganancias. No les gusta que intervenga el Estado, prefieren operar en sectores con alto desempleo y poca presencia sindical. La clave del éxito es atraer al campo de la inversión y el cambio técnico a un sector privado que puede tener ese comportamiento. Es necesario y posible pulir las políticas de industrialización con incentivos y objetivos claros. Si no lográs la incorporación de la inversión privada a la reindustrialización y el cambio tecnológico, descansás esencialmente en la inversión pública y de las pymes, que son fundamentales pero no alcanzan.

–La presidenta Cristina Fernández de Kirchner convocó a los principales actores económicos y sociales a debatir el proyecto económico.

–El debate entre los actores económicos y sociales y el Gobierno es fundamental. Los cambios necesarios para el desarrollo, para el crecimiento con inclusión social, creación de empleo y cambio tecnológico no se pueden lograr en un marco de hostilidad continua entre el Estado y los sectores privados. El diálogo es fundamental para limar asperezas, pero eso no quiere decir que desaparecen los conflictos ni que la creación de una mesa de diálogo le quite al Poder Ejecutivo la responsabilidad de gobernar. Puede mejorar mucho la calidad del diálogo. Las medidas de protección al mercado interno y estímulo de la demanda son fundamentales pero son necesarios incentivos a la transformación industrial. Porque si no vuelve a suceder que el sector industrial desequilibrado en términos comerciales termina descansando en el superávit de divisas que genera la actividad primaria. Ese es un modelo de industrialización a medias y eso no es consistente.




Hay gente que con solo decir una palabra enciende la ilusión y los rosales, que con sólo sonreír entre los ojos nos invita a viajar por otras zonas, nos hace recorrer toda la magia. Hay gente,que con solo dar la mano rompe la soledad, pone la mesa, sirve el puchero, coloca las guirnaldas. Que con solo empuñar una guitarra hace una sinfonía de entrecasa. Hay gente que con solo abrir la boca llega hasta todos los límites del alma, alimenta una flor, inventa sueños, hace cantar el vino en las tinajas y se queda después, como si nada. Y uno se va de novio con la vida desterrando una muerte solitaria, pues sabe, que a la vuelta de la esquina, hay gente que es así, tan necesaria.
(Hamlet Lima Quintana)

martes, 23 de abril de 2013

Mi ciega luz, mi vértigo secreto, mi larga y venturosa travesía

El Frepaso nos hizo muy mal. Es triste decirlo, porque empecé a militar en el Frente Grande cuando estaba en el colegio secundario, y fue mi partido durante casi diez años. Pero hoy creo que nos hizo mal, muy mal. Y todavía pagamos las consecuencias.

Gracias al Frepaso aprendimos, primero, a confundir la ética con la política — y aclaremos, antes de que oscurezca, que con eso no quiero decir que haya que dejar la ética de lado para hacer política, muy por el contrario, pero el Frepaso nos hizo confundir una cosa con la otra. Terminé de entender el origen de esa falacia cuando Carrió, hace unos años, dijo que había que unir a los honestos de izquierda y de derecha, liberales y socialistas, porque lo importante era el “contrato moral”. Ahora creo que Lilita fue el último aliento del post frepasismo; exagerado, sobreactuado y un poco delirante, como todo en Lilita, pero frepasismo al fin. Porque la idea de que lo que divide aguas en la política (y en la definición de un proyecto de país) es apenas la honestidad, sin importar las ideas, es el colmo de la no-política que el Frepaso ayudó a instalar en el “progresismo” argentino. Y es una mentira enorme.

Imaginemos a un funcionario honesto. No importa si es presidente, ministro, diputado o juez. Un funcionario ‘honesto’ en el sentido de que no roba, no se lleva a casa más dinero que el de su salario, no contrata a sus parientes y amigos sólo por serlo, no usa su función para favorecer a determinadas empresas con negocios en el Estado, no hace nada fuera de la ley, y termina su mandato más pobre de lo que era. ¿Alcanzaría eso para votarlo, para militar con él? ¿Alcanzaría su honestidad para hacer del país, la provincia o la ciudad donde ejerce su función un lugar mejor para vivir? Decir que sí sería como pensar que basta una buena ortografía para hacer literatura. La política es la lucha (en democracia, pacífica) entre diferentes visiones de mundo, entre diferentes proyectos de futuro colectivo, y no apenas un mecanismo para seleccionar administradores incorruptibles, que debería ser apenas un prerrequisito — aunque sabemos que, en la práctica, nunca lo fue. Si no, elegiríamos a los gobernantes por concurso público, analizando su currículum, investigando sus antecedentes y tomándoles examen, y no votando.

Nuestro funcionario honesto ficcional podría ser, también, un empleado fiel del estatus quo, un cobarde incapaz de enfrentarse con inteligencia a los poderes fácticos en beneficio de las mayorías, un conservador obscurantista que ponga en peligro los derechos y libertades de las minorías, un administrador probo pero ineficiente, sin condiciones para manejar la economía, un autoritario mesiánico, un fanático del pensamiento neoliberal que nos abandone a nuestra suerte en la jungla capitalista y aniquile las defensas del Estado y sus funciones más elementales, un xenófobo, un racista, un homofóbico, un nostálgico de brigadas perdidas de otro tiempo cuyo dogmatismo le impida entender el presente, un bruto con carisma pero más peligroso que mono con navaja. O nada de eso pero, simplemente, un tipo que defiende un proyecto de país con el que no estamos para nada de acuerdo, sin por ello dejar de ser, en el sentido más estricto del término, honesto.

Puede ser honesto y ser, sin embargo, todo lo que no queremos.

Y aun su “honestidad” podría ser cuestionada, a partir de otras concepciones políticas de la ética. Lilita ponía como ejemplo de liberal honesto a Ricardo López Murphy, que probablemente nunca haya robado dinero público — no lo sé, pero supongamos. Sin embargo, ¿qué clase de ética es la del que trabaja como intelectual orgánico y operador político de los intereses de unos pocos que tienen demasiado, sin importarle el destino de millones sin casi nada a los que condenaría sin pensarlo dos veces a la falta de un futuro digno? ¿Qué honestidad tiene el tipo que en veinticuatro horas en el Ministerio de Economía casi acaba con la universidad pública? ¿Nuestra ética se limita apenas a no robar, y que los pobres sigan siendo pobres y los oprimidos sigan oprimidos? ¿Tan baratas son nuestras utopías?

Además, ¿de dónde sacamos que es posible trazar una línea que divida la política en honestos y deshonestos coincidiendo con las fronteras de los partidos, como si la corrupción fuera un fenónemo exclusivamente político? ¿Los políticos vienen de Marte en un plato volador? No. Son del país que somos.

El honestismo, como lo llama Martín Caparrós, fue un discurso eficaz durante el menemismo por dos razones: porque el menemismo era tan escandalosamente ladrón y mafioso que irritaba, daba asco y vergüenza, y porque había una mayoría que, aun sabiendo que se estaban robando hasta los ceniceros, creía que sus políticas económicas eran correctas o, al menos, que cambiarlas sería más peligroso que continuarlas. Menem, Neustadt y compañía habían ganado una batalla cultural e ideológica y habían convencido a la mayoría del país de lo que Álvaro Alsogaray no pudo, lo que les permitió hacer las reformas económicas estructurales que ni la dictadura había conseguido. Que nos hicieron mierda. Y el Frepaso, apurado por llegar al poder, no quería entrar en ese debate. Chacho era un cagón. Entonces le propuso al país un “contrato moral” que no tocara la convertibilidad ni cambiara la distribución del ingreso. De ahí fuimos a la Alianza, Agulla hizo una buena campaña, y así nos fue. Como frutilla del postre, lo más patético del frepasismo fue Chacho renunciando a la vicepresidencia porque habían comprado votos para aprobar una ley contra los trabajadores, pero sin cuestionar la ley ni defender a los trabajadores — la forma sobre el fondo. Y volviendo, después, para traernos a Cavallo. Que de honesto, dígase de paso, no tenía nada.

El honestismo, además, era mentira, tan mentira como la ilusión de que la corrupción es “de derecha”, aunque para muchos de nosotros la honestidad fuera parte de nuestra concepción de lo que es ser de izquierda. Recuerdo cuando ganamos la intendencia de Avellaneda y, mientras algunos pensábamos que era la Revolución Sandinista, otros ya se imaginaban más ricos que Daniel Ortega unos años después. Recuerdo a un secretario que llegó al acto en el que asumió manejando una 4×4 imponente —tan menemista— que se había comprado unos días antes de asumir, reemplazando al Renault 12 con el que lo conocimos cuando tenía el pelo largo. Recuerdo a otro concejal de pelo largo que cantaba canciones de Mejía Godoy en las peñas del partido y dos años después había dejado de ser “el flaco” para ser “el gordo”, se había cortado el pelo y vestía trajes de empresario. Y votaba todo lo que tuviera que votar para comprárselos. Como cantaba Cazuza: E aquele garoto que ia mudar o mundo / Mudar o mundo / Frequenta agora as festas do “Grand Monde”.

Ahí el Frepaso nos hizo mal otra vez, porque era todo falso. No había ética, ni siquiera honestista. Lo que importaba era el poder, que se justificaba, ahora, con política: “el proyecto”. Muchos empezaban a relativizar la honestidad, porque el fin justificaba los medios. Nuestros aliados radicales eran más ladrones que el menemismo al que habíamos combatido por ladrón, pero no importaba, nos decían para justificar la alianza, porque los necesitábamos para ganarle. Y nuestros compañeros “progres” aprendían a un ritmo cada vez más acelerado las reglas de juego. Y les gustaban. Para muchos de ellos, los que no entrábamos en ese juego éramos unos ingenuos, unos boludos.

Nos decíamos que era un gobierno “en disputa”. Y es cierto que había mucha buena gente haciendo cosas muy valorables, siendo fieles a sí mismos. Hay que dar la pelea desde adentro, pensamos; luego nos debatíamos entre quedarnos o irnos a medida que nos dábamos cuenta de que se estaba yendo todo a la mierda. También estaba la inercia, el miedo al fracaso, la necesidad de dar la pelea para no reconocer que había salido todo mal, la omnipotencia, la excesiva confianza en nosotros mismos. Y la ingenuidad que hoy justificamos porque teníamos veintipico. Algunos hicieron carrera y se hicieron ricos — y hoy son kirchneristas, del FAP, lilitos, peronistas federales, radicales, hasta del PRO, pero aquí o allá tienen un carguito en algún lado. Otros nos encerramos en el pedacito de poder que nos tocaba, militando veinticuatro horas por día y tratando de ser fieles, ahí, a nuestra ética y a nuestro proyecto político, que no dejaba de ser micropolítica. Nos sirvió para aprender. Hasta que al final terminamos yéndonos decepcionados, a casa o a militar en otros espacios: los derechos humanos, el movimiento LGBT o la sociedad de fomento del barrio, asqueados de la política partidaria, porque ya no le creíamos a nadie; todo nos parecía cínico. Pagamos cara esa decepción. Muchos no volvieron a militar.

Y ahí llegó el kirchnerismo, que nos sedujo después de ganar unas elecciones en las que no lo votamos, porque tampoco le creíamos nada. Llegaba de la mano de Duhalde, ¿cómo le íbamos a creer? Pero, de repente, Kirchner pateaba el tablero, desafiaba los límites de lo posible y hacía, desde el peronismo y aliado con muchos de los que siempre fueron nuestros enemigos, mucho de lo que nosotros hubiésemos querido que el Chacho se animara a hacer; y más. El kirchnerismo hacía inclusive lo que jamás hubiésemos soñado, lo que parecía imposible. No lo podíamos creer. Y nos enamoró.

El kirchnerismo no nos proponía honestismo, sino mucha política. Toda la política que el Frepaso nunca nos dio, pero de arriba para abajo y sin chistar, con ladrillo y con bosta, como decía el General. Nos interpelaba poniendo en práctica lo que la cobardía política del progresismo de los noventa creía imposible, utópico, irresponsable. Nos mostraba que se podía, que no era el fin de la historia, que venían otros tiempos. Pero su manera de construir poder y su círculo de amigos nos alejaban. Acompañábamos desde afuera o asomados, sin ser parte del todo, pero entusiasmados.

Con ladrillo y con bosta, el kirchnerismo hizo muchas cosas que nos enorgullecen; lo digo en tiempo presente. Las hizo sin nosotros y le ganamos respeto. Y para algunos, eso empezó a ser suficiente para olvidarse de aquella primera ética básica y mirar para otro lado ante muchas cosas. Y meterse del todo. No importa si roban. Roban pero hacen lo que nosotros no supimos. No importan los mamarrachos institucionales, no seamos puristas. Las reacciones de muchos compañeros a los que aprecio y respeto frente a las denuncias de corrupción en el gobierno —y las dudas que a mí mismo me generan a veces— parecen una revancha contra ese error fundacional del frepasismo. Hay que bancar el proyecto, porque si viene la derecha de nuevo hace mierda lo que conquistamos en estos años en los que por fin conquistamos algo. Y ese algo existe, no es una promesa vacía. Hay muchas cosas que están mal, pero también hay un país mejor en muchos sentidos, al que queremos defender. El piso y el techo, decía Sabatella, uno de los mejores de los nuestros, hasta que lo encuadraron y, como Chacho, nos dejó huérfanos.

O bancás todo sin chistar o te vas a la vereda de enfrente, y Martín decidió bancar todo.

La “oposición”, mientras tanto, hace frepasismo desde el otro extremo ideológico. Carente de proyecto de país y de un discurso convincente sobre cualquier cosa, disponibles para defender los intereses del mejor postor, juegan al honestismo con la misma falsedad con la que el Frepaso hizo la alianza con la UCR para echar a Menem. Su honestismo es más falso que billete de tres pesos. De Narváez hablando de la corrupción kirchnerista es como Carlos Monzón denunciando la violencia de género. Schiavi, antes de Once, fue jefe de campaña de Macri. Antes de estar con Macri, fue funcionario de Grosso. Y después de Macri, se fue con De Vido. A los radicales ya los conocemos. La oposición cacerolera, impresentable, hace de la honestidad, la república y todo el bla bla bla un circo hipócrita que desnuda su incapacidad para ofrecer política. Emulan al Frepaso, pero por derecha y sin un mínimo de credibilidad.

A mí me molesta mucho más la corrupción del kirchnerismo que a cualquier antikirchnerista. Porque cuando un funcionario de este gobierno roba, pone en riesgo muchas políticas que defiendo y muchas conquistas que no quiero perder. Podemos decir: le hace el juego a la derecha. Y porque no quiero que, en nombre de principios en los que creo, un chanta se llene los bolsillos. Y también porque la corrupción corroe las conquistas, impide los cambios que faltan y trae consecuencias atroces, como Once. Por eso, me duele ver a compañeros que aprecio y respeto justificando cualquier cosa y diciendo que es todo una operación de la derecha y los medios y haciendo terapia cada noche con 678. Me duele verlos aplaudiendo a Mauro Viale con tal de criticar a Lanata, a quien admiraban cuando hacía, en los noventa, lo mismo que hace ahora. Ni lo uno ni lo otro.

Como escribió Mendieta en este post, “¿qué carajo tiene que ver con nosotros un tipo como Fariña? ¿Cuál es la unión que nos une a personajes de la ostentación, del lujo vulgar, de esa estética tan noventista? Nada. Absolutamente nada. No los merecemos. Nosotros no somos eso ni lo queremos ser. (…) de este lado, acá donde bancamos a este gobierno precisamente por las cosas que esa clase de gente detesta, tenemos el derecho y la obligación de no hacernos los boludos. Y de exigir respuestas. Y pedimos respuestas políticas además de las judiciales. Y las pedimos porque no vamos a permitir que negreen nuestros sueños. Nuestros ideales. Y vamos a defender lo hecho y, sobre todo, lo que falta —lo muchísimo que falta— por hacer”.

Comparto cada una de esas palabras, sin saber cómo sigue esta historia y deseando que no se vaya todo a la mierda, otra vez. Porque si se va a la mierda, va a seguir habiendo Fariñas, Schiavis y Onces, con otro color político, qué duda cabe, pero vamos a perder todo lo otro. Y porque lo otro se achicará cada vez más si lo que se impone, de nuevo, es la ética de los noventa, con sede en Puerto Madero. Hay que defender lo que conquistamos, aunque haya que defenderlo, también, de quienes lo hicieron posible y lo están poniendo en riesgo.


"El honestismo y los ladrones", de Bruno Bimbi (34), periodista, profesor de portugués, máster en Letras por la Pontifícia Universidade Católica do Rio de Janeiro y doctorando en Estudios del Lenguaje en la misma universidad. Actualmente coordina la campaña por el matrimonio igualitario en Brasil. Es activista de la FALGBT y autor del libro “Matrimonio igualitario” (Planeta, 2010). Escribe el blog Tod@s en la web de TN.




Mi ciega luz, mi vértigo secreto, mi larga y venturosa travesía, mi explorada, bendita geografía, mi ruta circular, mi viaje quieto. Eclipse de la voz, fuego indiscreto que cumple prodigiosa profecía, da lumbre al sol y claridad al día, sombra a la noche, a la ilusión objeto. Da sed al agua, filo al malherido, paz a la angustia, a la inquietud urgente reposo dulce, albergue bendecido. Y derrama en tu beso ese torrente que llevas en el pecho contenido y en la sonrisa encubres, de repente.
(Cármen González Huguet)

lunes, 22 de abril de 2013

Que mis huesos abonen mi suelo natal

Si supieran todos la enorme verdad que encierran estos versos.
Conmovedora, profunda, prístina verdad.


Fue mucho mi penar andando lejos del pago,
tanto correr pa' llegar a ningún lado;
y estaba en donde nací lo que buscaba por ahí.

Es oro la amistad que no se compra ni vende,
sólo se da cuando en el pecho se siente;
no es algo que se ha de usar cuando te sirva y nada más.

Así es como se dan en la amistad mis paisanos,
sus manos son pan, cacho y mate cebado;
y la flor de la humildad suele su rancho perfumar.

La vida me han presta'o y tengo que devolverla,
cuando el fiador me llame para la entrega;
que mis huesos, piel y sal abonen mi suelo natal.


La imagen corresponde a una fotografía del proyecto "Un fresco abrazo de agua", del enorme fotógrafo entrerriano Gustavo Cabral.